Pescadores

Author: Edgar Sega /

Al concluir la gran guerra, los supervivientes formamos tribus a orillas del río. A nosotros, los débiles, nos tocó el curso inferior, donde apenas llegaban peces. Pero subsistíamos gracias a dos reglas: nunca sumarnos a las disputas por la parte superior y estar atentos cuando los cadáveres bajasen flotando.

Agua curativa

Author: Edgar Sega /

Los efluvios de las pozas eran cada vez más pestilentes. Los lugareños especulaban sobre qué animal podría estar descomponiéndose ahí abajo. Nadie imaginaba que, desde que el pueblo decidió comercializar el agua milagrosa que manaba de la sierra, el hedor del dinero sucio debía salir por algún lado.

Hijos de las favelas

Author: Edgar Sega /


Desamparados, ahogados en la pobreza y con la droga como mejor aliada, visten de violencia cualquier acto para sobrevivir. Su padre, compungido, los observa desde la cima del Corcovado, incapaz de hacer nada por ellos. Justo antes de consumar el abrazo que los salvaría, fue petrificado.





Refresco

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La chica salió desorientada y con un velo de niebla en los ojos. Tiritaba con violencia, provocando que la escarcha que cubría su piel escapara de su cuerpo desnudo. Empezó a recuperar la vista para toparse de frente con la mirada de su anfitrión, tan oscura como una noche eterna. Escapó de ella dirigiendo los ojos al suelo. Sus pechos, otrora hermosos, tenían un aspecto horrible: estaban morados y con los pezones tan duros a causa del frio que pensaba que podrían romperse al mínimo roce.
      —¿Yaaa… esss… tá? —pareció sonar entre el castañeo de sus dientes.
      Él no respondió. Le puso el termómetro a escasos milímetros de la frente y midió su temperatura corporal: veinticuatro grados.
      —Solo cinco minutos más, querida, en verano me gusta un poco más fresquita —se relamió el vampiro mientras la metía de nuevo en el congelador.

Mis 15 minutos de fama

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Cuelgo de la cornisa, con una multitud bajo mis pies y la prensa a punto de aparecer. Por fin daré mi salto triunfal. Desde la plaza, una voz arrastra al público con ella: «¡Va a quemarse a lo bonzo!»
       Cabizbajo, me descuelgo sobre mi ventana. En la tele, alguien arde y yo aplaudo entusiasmado.

La nevera secreta

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Poseía la temperatura y humedad necesaria para que pudieran desarrollarse en su interior. La materia para su cultivo la aportaban los cuerpos de los adictos al ácido que entraban en la morgue sin que nadie les echara de menos. ¿El resultado? Las mejores setas alucinógenas del país.

Ginoide, placer adulto

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Era tan hermosa como la anunciaban, pero tenía un grave problema: estaba separada por piezas. Acabé poniéndoles una reclamación: lo de "móntela al recibirla" era publicidad engañosa.

La castañera

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A través de las llamas observa los jóvenes que recorren la Rambla. Los chicos parecen muertos vivientes; las chicas, brujas impúdicas. La anciana ignora quién es John Carpenter, pero a él le debe que no quieran acercarse; ni para comprar castañas, ni para calentarse en su ancestral fuego.

El otro

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Tan brillante como holgazán, había creado un clon para que atendiera sus quehaceres diarios. Se equivocó haciéndolo a su imagen y semejanza, pues también se negaba a trabajar. Decidió acabar con él y crear uno con ese error solucionado.
     El otro tuvo la misma idea cinco minutos antes.

Ya están aquí

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La invasión extraterrestre era inminente. Habíamos llegado a algo parecido a un acuerdo sobre qué hacer al respecto tras meses de discusiones. La espera, una mezcla de temor y expectación, fue larga y tensa a partes iguales.
     Nos costó mucho asimilar que pasaran de largo.

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